Dulces, vivos, de ensueño, tiernos, expresivos, redondos, sonrientes, serenos, pequeños, brillantes, claros, atractivos, chispeantes…
Así los imaginaba cuando agachaba su cabeza, sin embargo al levantar su mirada un brillo mágico se depositaba sobre los míos, como un néctar, que llegaba de a poquito, despacito, era un regalo del cielo, almendrados ojos de luna.
Dulces caricias, tiernas palabras, buena vibra de fondo y música de primera sonando en nuestros oidos.
Dulces cócteles acompasaban el ritmo de los tambores y trompetas.
Dulces besos, suaves halagos, apacibles miradas concluían una noche bajo la luna y la brisa de la mañana.